Historia

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El origen de este Monasterio se remonta al s.XVI. Parece ser que unas santas mujeres decidieron vivir en recogimiento en una modesta casita. Como Terciarias de San Francisco practicaban su caridad atendiendo a los enfermos del cercano Hospital de la Santa Cruz.

En 1553 una viuda llamada Juana Fornés entró en contacto con este beaterio e integrándose en dicha comunidad fue elegida madre superiora.

Al año siguiente se consigue la donación de una casa mayor en la calle d’en Borra, y solicitan y obtienen, del vicario general de Barcelona, la licencia para erigir una capilla o iglesia bajo el titulo de Santo Cristo del Monte Calvario, dependiendo de la parroquia de la Iglesia del Pí.

El 14 de octubre de 1561 pidieron licencia a Monseñor Cassador para abrir una puerta a la calle d’en Borra y de esta manera el oratorio de la casa religiosa se elevó a iglesia publica, que pusieron bajo el patrocinio de Santa Isabel, reina de Hungría.

El siguiente paso de esta comunidad fue el de profesar la vida religiosa y de clausura para poder constituirse en monasterio, siendo convenientemente preparadas por los padres franciscanos del convento de Santa María de Jesús.

 

La fundación canónica fue el 9 de marzo de 1564. El rey Felipe II, que había convocado Cortes en Barcelona, también asistió a la ceremonia, acompañado de toda la corte, nuncio, prelados y caballeros nobles.

De esta manera profesaron las diez primeras religiosas. Pasaron a la obediencia de los presaldos de la Orden Franciscana, eligiendo a Sor Juana Fornés como primera abadesa.

El rey Felipe II, tras asistir a la ceremonia, las acogió bajo su protección y ordenó que se les diera una limosna anual de 300 escudos.

El Archivo de la Corona de Aragón guarda varios documentos relacionados con las obras del Monasterio de Santa Isabel, entre otros, diversas limosnas otorgadas por Felipe II para sufragar reparaciones en el mismo o ayudar a su sustento.

También en el Archivo de Protocolos Notariales de Barcelona se pueden encontrar más datos elativos al Monasterio. A modo de ejemplo podemos poner el contrato suscrito por la Abadesa, el 25 de febrero de 1623, con los hermanos Perutxena, orfebres, para la realización de una rica custodia. Se la describe en plata, amatistas y serafines orantes. Se supone desaparecida con la “francesada”.

A lo largo del S. XVII y XVIII acogieron a otras monjas por distintas circunstancias, como las de Puigcerdá, las de Perpignan o las de San Omer en Francia.

En 1776 el obispo Reverendo Padre Jose Climent, enterado de la penuria de las monjas, sufragó la construcción de dos casitas dentro del recinto monacal colindante con la c. Xuclá.

 

Gracias a las rentas de las mismas el monasterio pudo sobreponerse un poco a su penuria. Agradecida la comunidad colocó una lápida que hoy día se conserva en el claustro del Monasterio de Sarriá.

El S. XIX trajo la dominación francesa, y con ella la autorización a las comunidades religiosas de abandonar el claustro si así lo aconsejaban las circunstancias. La comunidad de Santa Isabel no lo abandonó al principio en su totalidad. Algunas se refugiaron en otros monasterios como los de Sans o San Martín de Provenzal.

Superado el susto de los franceses no duró mucho la tranquilidad.

Las exclaustraciones de principios del s. XIX supusieron el abandono de la comunidad de l convento. Tras la desamortización la propiedad fue adquirida en 1840 `por el “Fomento de Ilustración de esta capital”. Doce monjas durante este periodo siguieron viviendo en comunidad en unas casitas cercanas al Monasterio.

El Sr. Sebastián Antón Pascual e Inglada adquirió las acciones libradas por el “Fomento de Ilustración” y las dejó en su testamento a favor del Monasterio de Santa Isabel. Dicha donación fue ejecutada por la viuda del Sr. Pascual, Mª Asunción de Bofarull i Plandolit, a favor del Monasterio y se hizo libre de cargas ante notario en 1887.

Recuperada casi toda la propiedad por parte de las monjas, éstas comprendieron que no era lugar para la vida de clausura el Raval, “demasiado ruidoso y poblado”. Por ello solicitaron autorización episcopal para vender el terreno y trasladarse, como ya lo habían hecho otras comunidades, a otras zonas más sanas y silenciosas de Barcelona.

 

Las monjas se decidieron por una finca conocida como Torre Palacios, desgajada de una mayor llamada “Manso Serra”, situada en la población de San Vicente de Sarriá, con entrada por la c/ Montserrat nº 17.

El propietario Miguel Boada firmó escritura de permuta con las monjas siendo la Abadesa Sor Concepción Moliner, acto que se llevó a cabo ante notario de Barcelona el 27 de febrero de 1877.

La finca, además de casa principal y capilla, tenía mina de agua, máquina de vapor para el pozo, viña, jardín, corrales, erial y bosque. Una cabida total de 11.209 m2.

Eran tan cómodas las instalaciones que la comunidad pudo instalarse el 22 de febrero de 1878, utilizando provisionalmente la capilla de la torre para el culto.

El proyecto y diseño del Monasterio fue encargado al maestro de obras Joaquín Codina Matalí. Los planos y el permiso de obra se hayan en un expediente de 1877 presentado ante el Ayuntamiento Constitucional de Sarriá para su aprobación. Dicho expediente contiene los dibujos de los planos del Monasterio realizados en 1880 y el permiso de obras concedido en mayo de 1881.

Los cimientos comenzaron a abrirse en 1878, aceptando la ejecución de la obra el contratista Juán Gaspar. Este perpetró una estafa de común acuerdo con un procurador, de manera que el presupuesto se aumentó considerablemente por lo que las obras quedaron paralizadas.

 

El 1879 fallece el Sr. Gaspar y la construcción sigue adelante en la persona de su mujer y heredera, pero a la vista de nuevas irregularidades económicas se vuelven a paralizar las obras. Llegados a un acuerdo continúan las mismas pero con gran lentitud. Nuevas irregularidades económicas hacen que las obras vuelven a detenerse en marzo de 1882.

La inauguración de la Iglesia tuvo lugar el día de San José de 1886. La Iglesia estaba adornada profusamente de flores, repleta de fieles. Se celebró una Misa cantada y Te Deum. En el claustro se colocó una lápida que lleva grabado el nombre de su Santidad el Papa León XIII, el Obispo de Barcelona Reverendo Jaime Catalá, de la madre abadesa del Real Monasterio de Santa Isabel, Sor María de la concepción Moliné, y del autor de los planos, el maestro de obras Joaquín Codina Matalí.

El 14 de septiembre del mismo año se inauguró un magnifico órgano en el coro alto, construido por Eugenio Nicolau, dotado de veinte registros, dos teclados manuales y pedalier.

La iglesia tenía y tiene deambulatorio en amplias tribunas, grandes ventanales, con cristaleras de vivos colores fabricadas por el señor Amigó. Cuatro ángeles modelados por el Sr. Carbonell y pintados por el Sr. García adornaban las columnas de la Iglesia.

 

En la primera capillas de la epístola junto al altar mayor, otra pequeña iglesia abría su puerta al templo. Se trata de la Sala Capitular, de estudiadas proporciones, con ventanales de estilo gótico, subdividida en la parte interior de clausura, con artístico altar y sillería de cedro, cuyo altar presidía la estatua de Santa Isabel, obra del escultor Domingo Talarn, procedente de la Iglesia de Barcelona.

La cripta estaba destinada a panteón para las religiosas.

En el tímpano de acceso a la iglesia se puede leer Domus Dei et Porta Caeli.

En el retablo mayor, hoy desaparecido, había imágenes dedicadas a la Immaculada Concepción, San Francisco y Santa Isabel.

Poco más podemos decir de las estatuas, imágenes y cuadros que adornaban la Iglesia ya que se encuentran desaparecidos y no hay mucha información sobre los mismos.

Hasta 1909, “semana trágica” no volvieron a experimentar las casas religiosas otra persecución. Afortunadamente, gracias a los somatenes del vecindario, esta parte de Sarriá se libró de los desastres en los que se vieron envueltas muchas iglesias y conventos de Barcelona. Solo tuvieron que abandonar la clausura durante pocos días mas que nada por motivos de seguridad.

Durante unos años se vivió un periodo de relativa calma. La proclamación de la República en 1931 significó un gran peligro para la estabilidad de los religiosos.

 

El estallido en julio de 1936 de la Guerra Civil trajo saqueos incendios y persecuciones religiosas.

Nuestra comunidad franciscana se componía en aquel año de veintidós religiosas y era la abadesa la Rvda. madre María Loirdes Huguet, quien se había preocupado del salvamento de los objetos más estimados, como vasos sagrados, ornamentos y el poco archivo que conservaban después de tantos avatares y salidas del claustro.

Aquella mañana, después de la Misa conventual, y ante el cariz que tomaban los acontecimientos, se dispuso la salida de las religiosas, de las que se hicieron cargo sus familiares o amigos.

Algunas de las religiosas pudieron embarcarse el 16 de septiembre en un barco fletado por el gobierno italiano a ruego de la Santa Sede, para salvar la vida del mayor número posible de religiosos y católicos amenazados.

A las trece religiosas de Santa Isabel les esperaba en Roma el Padre Damián de Odena, capuchino, quien gestionó que fueran distribuidas entre dos conventos capuchinos, que las acogieron hasta la liberación del norte peninsular.

Mientras, en Barcelona, el Monasterio fue invadido y saqueado, incendiándose imágenes y objetos de culto. Posteriormente el edificio se convirtió en local de refugiados.

 

Finalizada la guerra, el 18 de febrero de 1939, Sor María Rosa Mujal, vicaria del Real Monasterio de Santa Isabel, en nombre y representación de la comunidad, solicita ante el jefe del Servicio Nacional de Beneficencia y Obras sociales de Barcelona que se ocupen de servicios de Asistencia Social de Refugiados, ya que les urge posesionarse de nuevo del Monasterio, y de acuerdo a la petición de la autoridad eclesiástica, practicar en ella temporalmente los servicios religiosos de la Parroquia de san Vicente de Sarriá.

El 6 de mayo de 1939, la abadesa Huguet solicita, al Servicio de recuperación de documentos, le sean devueltos libros y pergaminos de la Comunidad que parece ser se hallan depositados en el Monasterio de Pedralbes. Desconocemos si esta petición fue resuelta favorablemente.

En Julio de 1940, la comunidad es autorizada por el ministerio de Educación Nacional a retirar de la Caja de pensiones los objetos reseñados en declaración jurada como pertenecientes a dicho Convento.

Finalmente, sor María Rosa Mijal, abadesa, facilita al Fiscal de la Causa general de Barcelona con fecha 15 de mayo de 1941, relación e informe técnico de arquitecto, con la valoración de los daños causados en el Monasterio durante la Guerra Civil.

 

Aparecen diferenciados en este informe los daños de la Iglesia de los de la vivienda destinada a las religiosas. Se señalan como destruidos vidrieras, cerrajerías artísticas, rejas de clausura, dos tornos, un órgano, sillas de cedro de la sala capitular y del coro, dos púlpitos de oro labrados, de estilo gótico, cinco altares laterales en madera fina, un altar mayor de madera de cedro, la mitad destruido y un largo etcétera.

En 1955, el Ayuntamiento urge la cesión por parte de la Comunidad de una porción de terreno para el proyecto de prolongación de la Calle de los Vergós. Cesión que se realizó.

El 13 de mayo de 1968 las monjas terciarias regulares de Santa Isabel obtienen de la Santa Sede un Decreto por el que se constituyen en Monjas Franciscanas Clarisas.

Para la ejecución del decreto, tuvo lugar el 27 de junio, en la iglesia del monasterio, una solemne celebración, en la que participó también el Dr. D. Francisco Ros, director del colegio anejo al Monasterio y capellán de las religiosas.

Finalmente la comunidad abandonó el Monasterio en la década de los 90, estableciéndose en uno nuevo en Lavern. Posteriormente se marcharon de éste para dar apoyo a la comunidad de Clarisas de Huesca.

 
(recopilación de marzo de 2010)